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¡Qué remedio! Hablaré un poquito, sólo un poquito, y muy de refilón, de lo que toda la prensa habla. La gente, no. A la gente, en su mayor parte, le importa un bledo la política. A mí también.

Lo único que en ella me entretiene son las noches electorales. Entonces sí. Entonces me sirvo una copa, me instalo frente a la televisión, sigo los vaivenes de las encuestas y los escrutinios, escucho las tonterías (todas de similar jaez) que dicen los comentaristas, asisto con estupefacción siempre renovada a las declaraciones triunfalistas de los perdedores y con tedio acompañado por una sonrisilla a las de los ganadores, de quienes se diría que acaban de recibir un Oscar, y me voy a la cama media hora más tarde de lo que acostumbro.

Ayer lo hice…

Feijóo me gusta. Siempre me ha gustado. Me alegré de su triunfo. Estoy convencido de que es, junto al naipe yin de Cristina Cifuentes, el naipe yangoculto en la bocamanga del Partido Popular. Llegará a jefe de gobierno. Cristina también. Los dos me inspiran confianza, pese a ser socialdemócratas. Como todos en Europa, por lo demás.

Urkullu también me gusta. Aunque casi nunca voto, alguna vez he pensado en votar por el PNV. Arzallus me gustaba. Y Ardanza. Y, sobre todo, Garaicoechea. No sé si se escribe Garaicoetxea. Tanto da.

Pedro Sánchez, que no se presentaba, pero cuyo ectoplasma pesa sobre el PSOE como si fuese plomo fundido, es el mayor cínico que la política española ha dado desde que llegó la democracia. La cosa tiene mérito, pues el cinismo es moneda común entre quienes hacen de la política oficio y beneficio. Lo de Pedro Nono, como ya lo llaman muchos (creo que la ocurrencia fue de Federico Jiménez Losantos), o el doctor No, como le llamo yo, carece ya de importancia. Su fugaz paso por la escena pública ha terminado. Le deseo toda suerte de venturas en la privada, pero, por favor, sin salir de ella. Su apetito de poder a cualquier precio nos insulta a todos.

En cuanto a los podemitas y demás ralea, que diría Baroja, mejor me callo.

Y ya está. No volveré a hablar de estas cosas hasta el 18 de diciembre. Y probablemente tampoco entonces, porque me pillará en la India.

Eso espero.

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