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El sábado 17 de noviembre, José María Aznar llegó al Teatro Real a ver El holandés errante, la ópera de Wagner en versión de La Fura dels Baus. «Una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, que no es sino la tormenta interna de un espíritu al que se le ha arrebatado la libertad», dice el programa de mano. Desde que abandonó La Moncloa, Aznar ha vagado por España y por el mundo como ese barco condenado a surcar los mares sin poder atracar en ningún puerto. Como el capitán fuerte y valiente que nunca temió a la oscuridad ni a la furia, pero sí al olvido y al desamor de su partido. Trece años hace que dejó de ser presidente. Trece años en los que no ha podido encontrar la paz interior ni el descanso emocional necesarios para vivir al margen de su partido ni en la hornacina de la Presidencia de Honor que Rajoy le decoró con esmero en la Fundación Faes. A él no le arrebataron la libertad como al holandés errante, pero sí el poder y la influencia sobre el PP, la criatura que alumbró allá por el año 90 y que le ha sido usurpada por el colaborador leal y aplicado a quien él mismo nombró sucesor con su propio dedo pensando que iba a respetar su legado. Es decir, que le iba a hacer caso. Aquel día de agosto que comunicó a los dirigentes del PP quién era el elegido, Aznar les dijo: «Espero haber acertado por el bien del PP y por el bien de España». Trece años después de aquello, el ex presidente cree que se equivocó y no se lo puede perdonar a sí mismo.

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