Estetica

¿Es posible evitar la papada?

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Si no era un biberón, ¿qué iba a echar al mar?“. Habla la mujer con voz entrecortada. Se llama Arantxa, tiene 64 años y a su lado a Manuel, seis años mayor, su esposo. El padre de su única hija, dependienta. Por ella, por su yerno carnicero y… por todos, Arantxa y Manuel lo idearon todo. Juntos también se encomendaron a San Judas Tadeo, el patrón de las causas imposibles. Y recurrieron a la idea de los antiguos náufragos de meter un mensaje en una botella y lanzarlo al agua. Confiados en que alguien lo encontrase y diera la voz de alerta.

Arantxa Gorostidi y Manuel Rubio son los abuelos de los biberones que estos días han ido arrojando y que han llegado a la orilla suroeste de Francia, no lejos de Bayona.

La mañana de octubre en que ambos entraron en un bazar de Pasajes Ancho, su pueblo de Guipúzcoa, y preguntaron por el primero de los tres biberones que tirarían al mar (pagaron cuatro euros por cada uno), el plan estaba trazado. Lo primero, tras haber conseguido sus singulares mensajeras, era escribir bien su historia. Eligieron la mesa de la cocina, se pusieron delante el café frío con el que Arantxa empieza siempre los días, dos bolígrafos (uno rojo y otro negro) y empezaron a dar forma a su SOS. Se presentaban como los abuelos desconsolados de Julen, su nieto prometido, y contaban su drama convencidos de que el mar al que poco después se asomarían se convertiría en su mejor aliado. El plan era enviar los biberones con sus escritos para que, como botellas con un mensaje de unos náufragos, alguien terminara encontrando su grito en algún rincón del mundo. Y el pequeño Julen, su soñado nieto nicaragüense, pudiera volver con sus padres. Porque Arantxa y Manuel son, o quieren ser, los abuelos del niño ausente.

“Como carecemos de internet, yo tengo un móvil que da pena y mi marido ni siquiera tiene, pues recurrimos a los biberones… Como todo el mundo utiliza hoy las redes y los smartphones, pues quisimos ser originales“, explica la buena mujer cuando esta semana recibe la llamada de Crónica.

Ya había ocurrido lo que los abuelos estaban esperando. El viernes de la semana pasada, 11 de noviembre, una familia francesa que paseaba con sus hijos por la playa de Metro (en Tarnos), a sólo 67 kilómetros de la playa donde los abuelos lanzaron al mar sus biberones, quedó maravillada cuando los niños se acercaron con curiosidad a un biberón con dibujitos de animales que había arrojado la marea entre trozos de maderas y otros restos. Dentro se podía entrever lo que parecía una carta.

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