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[FOTOS] EL MODELO JERDANI KRAJA AL NATURAL.

 

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El verano en el fútbol se destina a estrenar nuevas camisetas, nuevos futbolistas y nuevas ilusiones. Sin embargo, al Barcelona esa camiseta morada que se puso por primera vez en Wembley, el templo donde ganó dos Copas de Europa, le provocará arcadas de momento. Color de golpes en el ojo, de piel hecha trizas por culpa de los agujeros en la defensa. Cuatro errores ante el Liverpool, cuatro despistes inesperados, propiciaron una paliza. Y aunque sea durante la preparación estival, escuecen cosa mala. Sobre todo, porque no se pudo remediar con algo de mercromina de Leo Messi o Luis Súárez.

El invento de las pretemporadas existe para ponerse a tono físicamente y para intentar no fastidiarla demasiado. El primer aspecto se cumplió, el segundo no. Se trata de ser como el estudiante que decide comenzar el curso con buen pie, con los libros bien forrados, sin burbujas, y haciendo acopio de material para poder tener buenos apuntes. Algo no marcha en ese sentido con Arda Turan, quien no acaba de encontrar su hueco en la clase azulgrana. Está obligado a convertirse en uno de los alumnos favoritos de Luis Enrique, pero errores como el pase al canteranoCámara, sin fuerza y regalando el balón al Liverpool, no le ayudan demasiado. Por culpa a ese fallo, el equipo red marcó a la carrera y comprometió a los barcelonistas durante el resto del encuentro.

No se vio al turco demasiado acertado al principio, aunque poco a poco fue acomodándose en su pupitre. Tanto, que dispuso de una clara doble ocasión en la que primero disparó desde fuera del área y luego no pudo aprovechar el rechace. Aunque, para ser justos, no fue el único desorientado sobre el jardín de Wembley. La conexión en ataque sufrió alguna caída de tensión. Leo Messi, rodeado de rivales durante todo el partido, estampó el balón en un palo, y Luis Suárez tropezó en una oportunidad y en otra lanzó sin fortuna. Cuando los azulgrana se ponían a jugar, atemorizaban. Cuando olvidaban por un instante la lección, sudaban de miedo. No obstante, iban a trompicones. Y así normalmente no se llega a ningún lado.

De hecho, todo se desmoronó tras la reanudación. Como los goles en el recreo mientras los adversarios se comen el almuerzo, un nuevo despiste en la defensa, sin duda la línea más inestable de este verano, propició el segundo gol en contra, con la zaga mirando al cielo y Mathieu perdido en el césped. Por si fuera poco,Mascherano contribuyó al disparo de Henderson. No acabó ahí el amistoso con tintes lacrimógenos, ya que al instante, y de forma sorprendente e inesperada,Sergio Busquets perdió el balón y permitió la filigrana a la carrera de Origi. De todos, nadie esperaba que fuera él quien fallara así. Precisamente él, el corrector de texto azulgrana que ayer cometió una falta de ortografía.

En un minuto, nada, un suspiro, la nada más absoluta, el calor abrasó a los barcelonistas por culpa de esos dos tantos. Tiene este Liverpool alma de pillo, de chiquillo listo. Tiene mucho de Jürgen Klopp, quien ha impregnado de su carácter a sus jugadores, alicaídos a su llegada y pletóricos en este instante. Cuenta el técnico alemán que le encanta el fútbol emocionante, y la verdad es que ha conseguido precisamente eso en poco tiempo. Exprimiendo sus aciertos y los fallos del rival, sobre todo de un Barça que paseaba el balón pero a veces se olvidaba de ponerle la correa.

Porque, a diferencia de su contrincante, al Barcelona le faltaba presionar con tanto tesón y un físico más fino. Las piernas pesaban, las agujetas eran puñaladas en los músculos, y las ideas brillaban por su ausencia. Tampoco es excusa. Espabilaron los azulgrana con la entrada de Gerard Piqué en la zaga y Sergi Roberto en el inmenso boquete del costado derecho de Aleix Vidal. También con el tempo que marcan Andrés Iniesta e Ivan Rakitic en la medular. Así, da gusto. No obstante, el pánico es una sensación que no suele desaparecer del cuerpo como si nada. Suele esconderse en algún rinconcillo, y a eso jugó el Liverpool.

La posesión era barcelonista, pero el peligro estaba pintado de rojo. Se limitaron los azulgrana a dar vueltas a la pelota ni lanzar ni un solo berrido atemorizador, mientras Luis Suárez se marchaba ovacionado por los que fueron sus aficionados y abochornado por su escaso protagonismo ante ellos. No fue el único. Una recuperación intensa de los reds en el tiempo añadido, con la defensa de nuevo sin pulso, permitió a Grujic cabecear sin que Claudio Bravo pudiera hacer mucho más que estirar el brazo.

Con los cuatro boquetes en la camiseta y los ojos morados como ella, el Barça puso fin a su tarde de verano más triste. Sólo le queda un partido amistoso para enmendar el rumbo, el miércoles en el Trofeo Joan Gamper ante la Sampdoria. Luego será el turno de la Supercopa de España. Y ahí ya no se puede permitir fallos como los de ayer en su estadio fetiche.

Sobre el Autor

Mark Farrugia

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