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Amor

Mi adolescencia

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François Mitterrand (1916-1996) fue uno de los gigantes de la política francesa en el siglo XX. Ambiguo, inteligente, cultísimo y capaz de desplegar un cinismo formidable, tanto sus 14 años como presidente de la República como su propia vida fueron una larga cadena de luces y sombras. Su figura parecía, hasta hace pocos días, ya del todo analizada y lista para la momificación en los manuales de historia. Pero aún quedaba una desconocida zona de sombra: el viejo zorro del socialismo, el patrón de la construcción europea, el seductor que coleccionó amantes, fue capaz de amar como un adolescente hasta su último suspiro.

Mitterrand mantuvo durante tres décadas una absoluta devoción hacia Anne Pingeot, a la que conoció cuando ella tenía 19 años y él ya 46. La existencia de Anne Pingeot y de Mazarine, la hija de ambos, fue descubierta por el público en 1994, cuando la revista Paris-Match reveló que Mazarine vivía en el palacio del Elíseo y formaba parte del séquito del jefe del Estado. Desde 1962, Mitterrand sostenía una doble vida, con dos familias y dos hogares. Anne Pingeot ha decidido ahora publicar las 1.218 cartas que a lo largo de su relación le envió François Mitterrand. Ella misma las ha mecanografiado para la editorial Gallimard. El Mitterrand que se descubre en cada uno de los textos, de una alta calidad literaria,no es el cínico calculador que describían sus biógrafos, sino un hombre enamorado, rendido y, en cierto modo, profundamente fiel.

Hay cartas estremecedoras por su contexto. Como esta: “Mi Anne querida, he estado en la calle Michelet a las 15.05. ¿Cómo no te he visto? Imagino que no has venido, o que has ido a otro sitio, o que, obligada a moverte por el aflujo de estudiantes, no me has localizado. Resultado: me siento triste, triste. Parto ahora hacia Niza. Un día sin ti es demasiado estúpido. Mañana por la mañana tengo que estar en televisión a las 9.Te llamaré a las 8 y pasaré a recogerte, si puedes venir.Pienso en ti, mi amor, Anne. Te quiero. Y te añoro terriblemente“. La fecha: 16 de diciembre de 1965. Ese hombre trémulo como un adolescente acababa de obligar al general Charles de Gaulle a disputar una inesperada segunda vuelta de las elecciones presidenciales; tres días después iba a celebrarse la votación definitiva y, pese a su derrota, Mitterrand quedaría consagrado como el tótem de la Franciaantigaullista. Era una celebridad. Y, sin embargo, ahí estaba, esperando a su amor en una esquina.

Raramente hablaba de política en sus cartas, casi siempre escritas en papel con membrete del Senado, de la Asamblea o de la Presidencia de la República. El 12 de febrero de 1988 remitió desde Bruselas una carta que comenzaba: “Esta mañana he llamado al hotel Panoramic, con el corazón desbocado, y he obtenido la más bella conversación telefónica desde hace… 15 años. Me sentía atenazado por una terrible nostalgia. Temía escuchar una jerga árabe. O a una Anne furiosa porque las 8 era una hora demasiado temprana, o demasiado tardía, o porque el teléfono es un sucio instrumento indiscreto, o porque me entrometía en tu evasión, o porque… Pero tu voz era, como la de Mazarine, tan clara, tan ligera, etérea, que la alegría ha entrado como un vendaval por la ventana”. Unos párrafos más adelante, una inusual referencia a su trabajo: “Escribo estas líneas desde la sala del Consejo. Alrededor de la mesa redonda, los dirigentes europeos charlan en voz baja. La señora Thatcher prepara sus armas. Chirac, mi vecino de la derecha, va y viene. A mi izquierda se sienta Gonzales [sic], el español. Kohl, que preside, suspira“.

La pasión es constante. El 3 de febrero de 1971, cuando la relación dura ya nueve años: “Siento hacia ti la ternura total que sin duda exige nuestra extraña condición: el incesto absoluto. Mi hija, mi amante, mi mujer, mi hermana, mi Anne, mi siempre y mi para siempre, mi fuente del fondo de los tiempos (…) Si yo no fuera amado y atravesado por todas las flechas, me quedaría aún fuerza suficiente para lamerme las heridas y desear de ti el beso con tu sabor, la señal impalpable, el sello con la marca indisoluble (y que nadie percibe aunque ofrezca al mundo su verdad, el amor del alma), me quedaría aún fuerza para amarte en silencio”.

La esposa, Danielle, supo de la existencia de Anne y del amor que la unía a su marido en diciembre de 1974, cuando nació Mazarine, la hija de Anne Pingeot y François Mitterrand. Pero el matrimonio mantuvo la convivencia. “Mi padre siempre vivió con nosotros en la calle Bièvre, tenía su habitación, venía a cenar todos los domingos, le veíamos regularmente. Nunca, ni mi hermano ni yo, tuvimos la sensación de que existieran problemas entre nuestros padres“, comentó hace unos días a Le Journal du Dimanche el primogénito de Mitterrand, Jean-Christophe. También expresó un lamento: “En nuestra familia no había efusión ni contacto físico; en la otra, al parecer, era lo contrario”. Danielle, la esposa, y Anne, la amante, no se cruzaron mientras él vivió. El piso en el que Mitterrand falleció de cáncer, el 8 de enero de 1996, tenía dos puertas que daban a dos calles distintas, para evitar encuentros inoportunos. Danielle y Anne sólo se vieron en el entierro. No se dirigieron la palabra.

Los beneficios del libro de cartas se repartirán entre los tres hijos, Jean-Christophe, Gilbert y Mazarine. A los tres les hace falta el dinero: aún están pagando a Hacienda los impuestos por la herencia de François Mitterrand. Anne Pingeot, discreta como siempre, ha abandonado Francia y se niega a hablar con la prensa.

François Mitterrand ya padecía un incurable cáncer de próstata en 1988, cuando se presentó a la reelección. Mantuvo la enfermedad en secreto y ganó un segundo mandato. Durante sus meses finales en El Elíseo apenas podía despachar una hora al día. El 22 de septiembre de 1995, ya ex presidente, a punto de caer en una larga agonía, escribió una última carta a Anne Pingeot: “Aquí estoy en la vejez, el brazo un poco dolorido y las fuerzas que se van no sé donde y han abandonado mi cuerpo (…) Me siento extraño por no telefonearte. Amo tu voz incluso cuando suena severa“. Más adelante cita un pasaje de Pascal sobre la condición humana: “Juez de todas las cosas, imbécil, lombriz, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbres y de errores, gloria y escoria del universo, ¿quién esclarecerá esta confusión?”. Y sigue: “Sí, todo es confusión. Veo en mi vida una claridad. Fuera de ti todo se oscurece. Ya no sé qué más hacer de mí, acabado mi tiempo. ¡Una auténtica conjura! Pero saldré de esta extraña situación, ridícula y pintoresca. Es ya tan difícil saber el uso que conviene hacer de la vida. El resto es simple, basta con decidir. Mi felicidad consiste en pensar en ti y amarte. Siempre me has dado más. Tú has sido mi oportunidad de vida. ¿Cómo no amarte más?“.

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