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Los tres jóvenes se presentaron a media mañana del domingo en el santuario vestidos con el antiguo uniforme del ejército imperial japonés. Desfilaban con aire marcial portando los mismos rifles que usaron los japoneses en la guerra del Pacífico.

Tras colocarse delante del templo, dos de los chavales calaron la bayoneta en su arma, se alinearon y agacharon la cabeza en señal de reverencia a la memoria de las cerca de 2,4 millones de ‘almas’ a las que se honran en Yasukuni, entre la que figuran cerca de un millar de criminales de guerra.

No lejos de allí, otra media docena de japoneses enarbolaba una de las banderas del que se apodó Imperio del Sol Naciente repitiendo el homenaje, aunque en esa ocasión acompañados por el melódico silbido de una caracola.

La simbología que atesoran gestos como los de estos dos grupos -una escena habitual en Yasukuni- no desentonan con el ideario que parece representar el museo incluido en el complejo religioso. Aquí ni siquiera se habla de la Segunda Guerra Mundial sino de la Gran Guerra del Sudeste Asiático que las tropas niponas “fueron obligadas” a iniciar invadiendo China -así reza la declaración oficial de guerra firmada por el emperador Hirohito– y después continuar expandiendo sus ataques a toda la región y Estados Unidos como algo “inevitable”.

A la entrada de la exhibición se puede apreciar la locomotora Modelo C56 Número 31 producida por Nippon Sharyo que las tropas japonesas usaron en lo que aquí se define simplemente como el tren entre Birmania y Tailandia. Ni una sola mención a los cerca de 100.000 asiáticos y 13.000 prisioneros aliados que murieron obligados a construir lo que se llamó la “línea férrea de la muerte”.

Sobre el Autor

Mark Farrugia

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