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Por qué aumenta el VIH

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A primera vista, el príncipe Mohammed bin Salman, segundo en la línea de sucesión del trono de Arabia Saudita, y Elon Musk, magnate de la tecnología limpia y pionero de la idea de colonizar el planeta rojo, no podrían ser más distintos.

El príncipe Mohammed es un aristócrata de un país donde las mujeres no pueden conducir vehículos, pero cuya fortuna depende de muchas mujeres, y hombres, que conducen autos en todas partes. Musk, en tanto, dirige una compañía en California que plantea una amenaza directa al petróleo: Tesla Motors. Créase o no, el miembro de la familia real es un millennial, mientras que el máximo responsable de la empresa nació antes de la primera crisis del petróleo. Sin embargo, también tienen algo en común: los dos están tratando de lograr algo que parece imposible.

El príncipe pretende transformar en 14 años a Arabia Saudí de una sociedad relativamente cerrada y lubricada por la redistribución de la renta petrolera en algo que se aproxime a una economía moderna y diversificada. Musk, entre tanto, planea poner fin al dominio del motor de combustión interna al tiempo que les hace frente a empresas de servicios públicos y a Uber (y, sí, también quiere ir a Marte). Ambos tienen un ojo puesto en que la demanda global de petróleo toque su cima y empiece a declinar en algún momento; a uno le preocupa, al otro le entusiasma.

Quizás alguno de los dos -o ninguno- tenga éxito. Pero su relación antagónica ofrece un contexto esencial para la energía en el siglo XXI.

En abril pasado, en una extensa entrevista de Bloomberg Businessweek, el príncipe dijo: “No nos importan los precios del petróleo: 30 o 70 dólares, nos da igual? Esta batalla no es mi batalla”.

El repentino redescubrimiento saudí, en noviembre, de las alegrías que brindan los recortes de producción de la OPEP sugiere un replanteo radical en ese frente. La reforma está bien, pero es preciso tener en cuenta temas más acuciantes, como la posibilidad de recesión en un país lleno de jóvenes desocupados que libra o financia múltiples guerras.

Transformar la economía de Arabia Saudí (y por ende, su sociedad) no es lo mismo que reestructurar una empresa. Es una propuesta arriesgada que, en última instancia, debe ser financiada por la principal fuente de ingreso actual del país: las exportaciones petroleras.

Esto no significa que la reforma necesariamente quede en la nada. Algunos cambios siguen siendo muy probables, como la venta de una pequeña participación en Saudi Aramco Pero el explosivo enfoque con que el príncipe inició el año cedió el paso al pragmatismo. Por cierto, el ingreso petrolero retuvo su protagonismo en el presupuesto presentado la semana pasada. La verdadera prueba podría venir en 2017: si la política de la OPEP logra aumentar considerablemente los precios del petróleo, estemos muy atentos para ver si el afán de reforma de Riad está en consonancia con ellos.

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