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Uniones homoparentales: Un nuevo modelo de familia

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El 6 de febrero de 2009, cuando la Policía detuvo al hombre llamado Francisco Correa, un dirigente del PP exclamó: «Han disparado al corazón del partido». Sabía que los detenidos llegarían a la boda de la hija de Aznar, que Correa conduciría aLuis Bárcenas y que quién sabe dónde acabaría el escándalo.

El 7 de mayo de 2012, cuando Rodrigo Rato presentó su dimisión como presidente de Bankia y la entidad fue nacionalizada, otro dirigente del PP exclamó: «Estamos acabados, la caída de Rato pone fin a nuestra leyenda del milagro económico». Nada de eso.

Siete años después de la detención de Correa, el PP se sienta en el banquillo, pero su presidente sigue en La Moncloa. Rajoy ha superado -con algunos daños de consideración- el disparo de Gürtel al corazón del PP, el veneno que le hizo tomar Luis Bárcenas, la caída en el fango de Rodrigo Rato, el peligroso aliento de Aznar en su cogote y hasta la destrucción total de su propia generación política.

De aquéllos que hicieron al PP un partido de Gobierno, ya sólo queda él. En los dos banquillos de la Audiencia Nacional donde se sientan Correa, Bárcenas y Rato, acusados por distintos delitos, flota una parte de la biografía política de Mariano Rajoy. Pero el presidente del PP ha logrado alejar de su camino esa oscura sombra de sospecha.

El juicio final de Gürtel y las black ha llegado, mientras en La Moncloa Rajoy se viste tranquilamente para su próxima investidura con la abstención del PSOE. Además de sortear su propia destrucción, el líder del PP ha logrado pulverizar a la izquierda española como alternativa de Gobierno. Todo ello en medio de la mayor crisis de la democracia española en 40 años, con la corrupción como combustible de un descrédito sin precedentes de la clase política.

Mariano Rajoy protagonizará el «tiempo nuevo». El cambio será él. Desde su despacho, en la planta séptima de la sede del PP, ha visto pasar por delante el cadáver de tres líderes del PSOE: Zapatero, Rubalcaba y Sánchez. Ahora va a por el cuarto.

El presidente del Gobierno -en funciones ya 10 meses- es presidente de su partido desde hace 13 años. Los mismos que Aznar cuando dejó el puesto. Rajoy batirá el récord de permanencia en el liderazgo del centro-derecha. Pero no sólo ese. También el récord de tiempo sin convocar el Congreso del PP. Cinco años -Dios mediante- habrán pasado entre el Congreso de Sevilla de 2012 y el previsto para 2017, si todo va bien. El resultado es un partido a la imagen y semejanza del líder, sin rastro de contestación interna.

Rajoy ha vencido al banquillo de la corrupción y de la contabilidad B del PP acomodando su estrategia política a los tiempos y a los acontecimientos. Primero con la negación, después con el silencio y la separación profiláctica de todos los acusados, y, finalmente, presentándose ante los españoles como la única espada política capaz de parar la revolución que asomaba. Por el camino ha perdido tres millones de votos, pero no el poder.

Rajoy, a comienzos de 2009, en un acto del PP. | ALBERTO DI LOLLI

La negación

El 11 de febrero de 2009, Rajoy compareció ante los medios rodeado de toda su ejecutiva para negarlo todo. En la foto se aprecia la cara de susto de los dirigentes, que no tenían muy claro hasta dónde podía llegar la marea. En la penumbra, detrás de la instantánea, se escondía el entonces tesorero, Luis Bárcenas, depositario de los secretos del dinero del PP durante tres décadas.

En aquel instante, como en tantos otros desde hace 13 años, el liderazgo de Rajoy aparecía engañosamente débil. Rato, el deseado, andaba por Madrid dejándose querer. El barón valenciano, Francisco Camps, acariciaba la idea de ser líder nacional, y las elecciones gallegas estaban en el horizonte como una amenaza cierta. Rato y Camps acabarían convirtiéndose en carne de banquillo y el PP sobrevivió a los comicios gallegos, poco más de un mes después del estallido de laGürtel.

Federico Trillo encabezó la estrategia de defensa del partido, a base de maniobras de dilación y de recursos para archivar de la causa. El PP se presentó como la víctima de una conspiración de la policía de Rubalcaba y del juez Garzón.

Rajoy, en su comparecencia en el Senado sobre Bárcenas. | ANTONIO HEREDIA

El silencio

La sombra de Luis Bárcenas terminó saliendo del cuadro como la mayor amenaza que ha pendido sobre Rajoy en estos siete años. El tesorero era el vértice de latrama Gürtel y la clave de la caja B del PP. Era el caballero que, junto a Correa y los demás, organizaba el trabajo de campo para que sus jefes políticos brillaran en los mítines. Primero para Aznar. Después para Rajoy.

La crisis económica acabó con Zapatero y llevó en volandas a Rajoy a La Moncloa con mayoría absoluta, mientras la bomba de Bárcenas permanecía aún bajo el asiento. Aunque el tesorero había dimitido ya como tal y abandonado su escaño en el Senado, seguía cobrando del PP un sueldo mensual de escándalo.

La bomba estalló en enero de 2013. Bárcenas, descontento con el trato del partido hacia su persona, planeó su venganza. Primero fueron los sobresueldos, anotados en unos papeles que vieron la luz, después su confesión ante el entonces director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, y ante el juez Pablo Ruz.

El ex tesorero acusó al PP de financiación ilegal durante los últimos 20 años. Llegó la cuenta en Suiza, la cárcel y la filtración de «Luis, sé fuerte», el SMS publicado por este diario, que envenenó la vida de Rajoy durante meses e incluso años. El presidente del PP se defendió primero con el silencio.

Lo que no se nombra no existe. Eso pensó Rajoy, aunque Bárcenas acabó tomando cuerpo en un pleno del Congreso en el que el líder del PP compareció a cara de perro. «Me equivoqué». Y entonces Bárcenas pasó de «Luis, sé fuerte» a Luis el sinvergüenza o Luis el delincuente. Rajoy cerró la página del gerente de Aznar que él mismo nombró tesorero, y hasta hoy. Luis Bárcenas se convirtió en el personaje protagonista de una obra de teatro y de una película de cine.

Por el camino quedaron los daños colaterales del escándalo. Alberto Ruiz-Gallardón, entre ellos, única alternativa al aznarismo y al marianismo.

Rajoy y dirigentes del PP, en el balcón de Génova tras el 26-J. | ÁNGEL NAVARRETE

Absolución

Las elecciones europeas de 2014 encendieron la alarma con el nacimiento dePodemos. Alfredo Pérez Rubalcaba dimitió, el Rey Juan Carlos abdicó y Rajoy permaneció. En octubre de ese mismo año, el incendio alcanzó proporciones inquietantes con las black y la trama Púnica. Podemos disparó su intención de voto a costa del PSOE y empezó a incubarse otro partido de centro-derecha:Ciudadanos.

Albert Rivera, joven y con aptitudes de liderazgo, se presentó como el mirlo blanco destinado a abatir a quien no había podido ser abatido ni por Bárcenas. Los máximos poderes económicos y mediáticos acunaron a Rivera contra Rajoy, mientras los casos de corrupción del PP seguían su curso con las peripecias de los sumarios judiciales en las noticias de cada día. Los pecados de la corrupción y las heridas sociales causadas por la gestión de la crisis acabaron pagándolas los presidentes autonómicos del PP, desalojados del poder en las elecciones de 2015.

El 20-D, Rajoy perdió en las generales 63 de los 186 escaños de 2011. Un desastre sólo compensado por el hecho de ser el partido más votado. Fue en los meses siguientes, hasta las segundas elecciones -en los que la corrupción siguió golpeando al PP por el lado de Valencia-, cuando Rajoy se jugó su futuro a una carta y ganó la partida.

El líder del PP se encerró en La Moncloa para sobrevivir -como había hecho en vísperas del Congreso de Valencia de 2008- y no le abrió la puerta ni siquiera al Rey. Declinó el mandato de investidura, apostó por la repetición electoral y asumió el riesgo de ser desalojado de La Moncloa. La incapacidad de Sánchez para formar Gobierno hizo el resto hasta parar la ruleta en el único número por el que Rajoy había apostado: el 26-J. Ya dijeron sus colaboradores en aquel momento que el líder del PP había acertado de pleno en su lectura de la situación política.

Ese día, Rajoy fue el único candidato que logró en las urnas más votos y más escaños. Su eufórica comparecencia de la noche electoral evidenció que se sentía absuelto por las urnas del pecado de la corrupción. Se había presentado ante los españoles como el único capaz de frenar con la espada las ansias revolucionarias de una parte de la sociedad española, el muro frente al populismo. El guardián del candado de la Transición que quiso romper Pablo Iglesias. Y casi ocho millones de votantes -que no quieren más líos- respondieron a su llamamiento. Mucho más. Había conseguido frenar en seco a Ciudadanos, el único partido que en 20 años había hecho competencia en las urnas al PP.

Eufórico y crecido, Rajoy se sentó a esperar que su investidura viniera rodada. Por el camino, se destruyó el PSOE. El líder del PP ha llegado a este momento en condiciones de proclamar que todo el peso de la Ley caerá sobre los corruptos, al mismo tiempo que su partido solicita la anulación del caso Gürtel.

Como postrera pirueta del destino, la puerta de su segundo mandato se abrió coincidiendo con el divorcio del PP y la Faes de Aznar. Sí. El mismo que le nombró sucesor, de cuya sombra también se ha zafado definitivamente.

Sobre el Autor

Mark Farrugia

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