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El domingo de madrugada, las 3 serán las 2 en un ejercicio de prestidigitación horaria que se repite cada año en otoño y en primavera, esta vez en sentido contrario. El cambio de hora, que se hace en teoría por una cuestión de eficiencia horaria (algo a estas alturas ya más que cuestionado), es ya casi una tradición, un entretenido divertimento con el que aliñamos las semanas en torno a cada equinoccio.

Pero no todo en esta vida es cuestión de bombillas. Más allá de la cuestión energética, cambiar la hora tiene determinados efectos sobre nuestro cuerpo y nuestra vida cotidiana, ya que de alguna forma altera nuestra relación con la luz natural: ponemos patas arriba nuestros ciclos circadianos para acomodarnos a las horas de luz.